Ozono, el cuento

Todos los agostos, cuando el sol comienza a iluminar la Antártida tras la oscuridad del largo invierno austral, las reacciones fotoquímicas que se producen en las nubes estratosféricas hacen que comience allí la disminución de la concentración de ozono.

Como se ve en la figura, la curva llega a un mínimo a finales de septiembre y desde entonces, el ozono comienza a recuperarse, por la entrada de ozono de latitudes más bajas. A finales de noviembre el “agujero” se ha cerrado. El fenómeno se produce todos los años y dura, por lo tanto, entre tres y cuatro meses. Este año (puntos negros de la figura) el proceso ha sido parecido a los anteriores.

Lo curioso de la teoría de que el ozono estratosférico ha disminuido es que esta disminución habrá supuesto, según afirman algunos científicos, un enfriamiento de la baja estratosfera y un aumento de la intensidad de los vientos que circundan la Antártida y que la aíslan de las latitudes templadas. Esto explicaría, según ellos, que la Antártida no se haya calentado en las últimas décadas a pesar del incremento del CO2.
Al público se le contó, y se le cuenta, otra historia, mucho más “didáctica” pero completamente falsa, consistente en que calentamiento y menos ozono van de la mano. Al haber menos ozono en la estratosfera, dicen, entra más radiación y la superficie de la Tierra se calienta. Muy sencillo. Los primeros afectados son los pingüinos, que se achicharran, y los salmones de la Patagonia, que según Al Gore, se quedan ciegos.
En realidad el efecto sería el contrario, la disminución de ozono incrementaría el frío. Por dos razones, porque en la baja estratosfera el ozono hace un papel de gas invernadero y, segundo, porque es posible que afectase a los vientos circumpolares y aumentase el aislamiento de la Antártida.